Los Derechos Humanos en riesgo

“No fue Zeus quien a mí me las dictara,

Ni es ésta la justicia que entre hombres

establecen los dioses de la muerte.

No pensé yo que los pregones tuyos,

siendo de hombre mortal, vencer pudieran

la ley no escrita y firme de los dioses.

No es de hoy ni de ayer, es ley que siempre viviendo está, ni sabe nadie cuándo por primera vez apareció… y si a tu juicio locura es mi conducta, ¿quién nos dice que si el loco es más bien el que así juzga?”

Sófocles, Antígona (primer episodio).

 

Hace aproximadamente dos mil quinientos años Antígona, heroína de la tragedia de Sófocles del mismo nombre, reclama ante Creonte, usurpador del trono de Tebas, el derecho a enterrar el cuerpo de su hermano Polinices, asesinado por aquél. Creonte había prohibido sepultar el cadáver del príncipe heredero, para deshonra de la familia ya devastada por su crueldad. De ahí la desobediencia de Antígona y la declaración de su derecho, anterior y superior a la ley del rey. Quizás sea ésta la declaración más antigua de lo que hoy conocemos como derechos humanos y, como dice Antígona: “es ley que siempre viviendo está, ni sabe nadie cuándo por primera vez apareció.”

Los derechos humanos están inscritos en lo más profundo de la naturaleza humana. Sin embargo, como el conocimiento instintivo e intuitivo de la ley natural no es suficiente para que el ser humano actúe rectamente, ha sido necesario, a través de la historia, poner límites a su conducta por medio de la ley escrita. Los derechos humanos, derivados de la ley natural, son convertidos en derecho positivo para garantizar su cumplimiento mediante la legítima coacción que ejerce el Estado. La ley positiva, cuando es justa, está hecha para mantener en el orden natural lo que tiende a desordenarse.

Serias amenazas se ciernen en nuestros días contra la construcción de los grandes acuerdos que han permitido a la humanidad avanzar en el reconocimiento de los derechos humanos. Frente a la barbarie de las guerras, pero también del racismo, del fascismo, de la exclusión, de la tortura, de la opresión y represión en países gobernados por ideologías extremas, se encontró en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un instrumento extraordinariamente valioso para tratar de proteger los derechos de todo ser humano a quien, por el hecho de serlo, le pertenecen de manera universal, absoluta, intrínseca, imprescriptible, irrenunciable, inalienable e inmutable. Además, los derechos humanos son coexistentes, porque el ejercicio de los derechos de unos, no se opone al de otros… si es que realmente estamos hablando de derechos humanos.

El peligro se observa desde dos frentes distintos: uno de ellos tiene que ver con la proliferación, casi ad infinitum, de lo que algunos grupos de la sociedad, en diferentes partes del mundo, llaman “derechos”, sin que reúnan las características que todo derecho humano debe tener. El segundo, aun cuando está estrechamente ligado al primero, se refiere a la exacerbación de los derechos, en detrimento de los deberes. Uno de los ejemplos más claros de proliferación de los “derechos” se encuentra en la Constitución de la Cuidad de México.

Los diputados de Morena (con sus aliados de izquierda) han amenazado con modificar la ley que establece, en el artículo 102, apartado B de la Constitución, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, para convertirla en la “Defensoría del Pueblo”. No tendría nada de malo cambiarle el nombre (así se le llama en España y otros países lo que en México es la CNDH), si al mismo tiempo no se amenazara con introducir una serie de supuestos derechos humanos, que no son otra cosa que la validación legal de la subcultura anti vida, anti familia y anti libertades de educación, de religión, y la ideología de género. La intención es, además de todo esto, quitarle la autonomía a la CNDH, para convertirla en un órgano más del supremo poder de la cuarta (y más peligrosa) transformación del PRI en Morena. Un auténtico PRIMOR, como se puede apreciar.

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