Santa Mónica: el poder de la oración materna

En la parroquia de “San Agustín de las Cuevas”, en el centro de Tlalpan, en la Ciudad de México, se encuentran a los lados del presbiterio (la zona del altar), dos esculturas, una de San Agustín y la otra de su madre, Santa Mónica. Este dúo siempre me dice lo mismo, ¿de qué se trata?

Pues que esta señora, Mónica, tenía su hijo “oveja negra”, Agustín, cosa que le entristecía sobremanera. Así que oró, oró y oró por la transformación de su hijo en un buen cristiano. Y el Señor, escuchando sus insistentes oraciones, no sólo llevó a Agustín a la buena práctica del cristiano, sino que en él nos dio a uno de los grandes doctores de la Iglesia.

¿Cuál es de ello la reflexión recurrente en mi parroquia? Que el Señor tiene especial complacencia para atender la oración de una madre, tal como atiende las peticiones de su propia Madre, cuando ella intercede, a nuestro ruego, por nosotros. En vida así lo hizo (recordemos las bodas de Caná), y la vida nos ha demostrado que igual sigue haciéndolo en el cielo.

Las buenas madres son casi sobrenaturalmente protectoras de sus hijos; éstos cuentan más que la propia vida materna. Recordemos a la madre que le pide a Jesús, no un lugar para ella junto a Él, sino que a sus hijos los coloque uno a Su derecha y el otro a Su izquierda. Así como las madres hacen tantos sacrificios por sus hijos, el ápice de sus oraciones es por ellos.

Los padres de familia, que también piden por sus hijos, siempre han reconocido, si son gente de bien, los cuidados maternos de su mujer y otras que conozcan, y en especial admiran sus persistentes oraciones. Cuando al salir de casa, la madre dice al hijo: “espera, deja darte mi bendición”; es para encargárselo al Señor: “que Dios te bendiga, cuídate hijo, y encomiéndate a Él, que Él guíe tu camino”.

Siempre, siempre, una buena madre cristiana ora por sus hijos. Rezar por ellos al Señor es la forma que naturalmente les impulsa a buscarles lo mejor. La buena madre sabe que, si quiere santidad, fidelidad a Dios, bienestar, salud, educación, felicidad y todo lo bueno para sus hijos, más que procurarlo ella y su marido directamente, el camino es pedir al Señor que les conceda todo eso. Que Él se encargue.

Así, lo que más podemos agradecer a una buena madre, más que sus cuidados, consejos y disciplina impuesta (que nos llevan a ser personas de bien), son sus oraciones. El Señor ha demostrado, como con Santa Mónica y San Agustín, que tiene especial predilección para atender las oraciones maternas.

Demos gracias a Dios por las innumerables oraciones de las madres por nosotros, sus hijos, y hasta por los hijos ajenos, por quienes también piden.

@siredingv

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