¡Felicidades papás!

¡Felicidades papás! Hoy y siempre, porque a final de cuentas, para cada uno de nosotros, como decíamos cuando éramos niños: “Mi papá es el mejor del mundo”, y le dábamos una serie de atributos que lo elevaba por encima de todos.

Casi un mes tardé para empezar a escribir estas líneas, buscaba algo que pudiera ser un breve cuento o una reflexión distinta a la de años pasados. Cuando se tienen los mismos sentimientos hacia el padre y se escribe algo conmemortaivo durante varios años, resulta difícil encontrar algo realmente nuevo, que no sea repetitivo.

En estos intentos, hace unos días escribí este inicio: “Era un hombre como cualquiera. Todos los días, después de desayunar, antes de salir a trabajar nos daba un beso en la mejilla y nos decía que nos portáramos bien”. La idea quedó truncada, no fluyó la narración.

A final de cuentas, todos los papás son así, hombres como cualquier otro, no importa que sea barrendero, albañil, obrero, oficinista, empresario o profesionista; todos se preocupan por dar lo mejor a sus hijos, por eso trabajan arduamente para darles el sustento material que requieren, procuran que no falte lo esencial en el hogar. De esta manera practican la pobreza de espíritu al compartir con alegría todos sus bienes con la familia; incluso, cuando la situación económica es apretada, se privan de sus gustos o necesidades para proporcionarles a ellos lo necesario y solamente de vez en cuando se dan el lujo de satisfacer un gusto personal.

Ven en su esposa a su igual, a su compañera, a su complemento. La aceptan a cada instante con sus virtudes y defectos, sin desgastarse en reproches o lamentaciones. Por otro lado, a pesar de su edad, experiencia y el estatus jerárquico que da la paternidad frente a los hijos, los abraza a todos por igual, buscando entenderlos y ayudarlos de acuerdo con las circunstancias de cada uno de ellos. Claro está que a veces, como guías y soporte de la familia, deben hablar y actuar con autoridad, y hasta corregir de manera firme.

Cuando uno de la familia está triste, le duele en el alma la causa de su aflicción, aunque algunos son secos o cortos en la expresión de sus sentimientos, buscan la forma de escuchar a su hijo para comprender lo que le sucede, lloran con él aunque no se vean sus lágrimas ni se le quiebre la voz en ese momento, y muy a su manera le dan consuelo.

No sé por qué, pero siempre lo ponen de juez para que castigue el mal comportamiento de sus hijos. No es una tarea fácil llegar a casa cansado por la jornada de trabajo, anhelando tranquilidad, armonía, sin embargo lo primero que recibe es el pliego de quejas. En estas circunstancias, muchos padres deciden escuchar al acusado para conocer su versión de los hechos y las causas que lo llevaron a actuar de esa manera, a efecto de tener todos los elementos para corregir amorosamente al descarriado, aunque a veces sea necesaria una fuerte reprimenda o una nalgada.

Si bien es cierto que no es un santo, pues como todo ser humano es imperfecto, de su corazón brota de manera espontánea el espíritu de dar a su familia todo lo que tiene, les ayuda en todo lo que puede, se convierte en su servidor. Perdona y comprende a todos, con lo que desvanece los conflictos, los malos entendidos, trabajando constantemente para mantener la armonía resultante de la paz en la familia.

Algunos más otros menos, pero todos los papás practican estas virtudes y por ello, para los hijos son lo máximo, los súper héroes cuando somos niños; el ejemplo a seguir durante la juventud; los maestros cuando nos convertimos en padres. Y cuando han partido a la morada divina, su recuerdo es la luz que alumbra el camino de los hijos.

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