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Qué nos enseña la muerte de Alfie Evans

A los 23 meses de edad murió Alfie Evans. El mundo ha seguido con singular expectación todo el proceso de la precaria salud con que nació y los esfuerzos por encontrar medios adecuados para afrontar su estado.

La primera lección es compleja, rica y oculta pero real. Thomas Evans, el padre, es católico. De hecho visitó al papa Francisco y circularon las fotos en las que mostraba respeto y afecto a Su Santidad. Cuando uno de los cónyuges es católico tiene el deber de manifestar que contrae matrimonio con la advertencia de que la prole recibirá el Bautismo y la educación en la religión católica. Así que Alfie era hijo de Dios, con derecho a su herencia: un lugar en el cielo.

Con el Bautismo se reciben la gracia, las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, los dones del Espíritu Santo. La acción de la Santísima Trinidad actúa con gran eficacia en el alma de todo pequeño, éste no opone ninguna resistencia. Las rebeldías vendrá después con el paso de los años y el afán de una mal entendida independencia, a eso no llegó Alfie.

La segunda lección se desprende directamente de la primera. Alfie está en el cielo, nunca se enemistó con Dios. Aunque su cuerpo se deterioraba, su alma cada día era más bella. Y, como todos tenemos una misión, una razón por la que existimos: una vocación, la suya fue la de hacer a sus padres, padres de un santo. Esa criatura intercederá siempre por papá y mamá.

La tercera lección deja claro que la sentencia del médico, por experto que sea está en el nivel de la probabilidad, nunca de la certeza. Aseguraban que el niño moriría al quitar el respirador y siguió vivo. Sólo Dios sabe cómo y cuándo es el final.

La cuarta lección deja ver, en una sociedad que no es comunista, el poco reconocimiento de que los padres son los primeros responsables de sus hijos, y se deben respetar sus decisiones cuando son para alcanzar un bien. Los padres de Alfie sufrieron las presiones más terribles para obstaculizar su libre determinación de ayudar a su pequeño. Imperó el sistema hospitalario y las opiniones del cuerpo médico. Las políticas para la defensa de la familia jamás aparecieron.

La quinta lección es la del sentido de paternidad y de maternidad que se muestra sin ningún recato ante circunstancias tan graves. Sólo ellos saben el vínculo que cada uno forjó hacia su hijo, y del pequeño hacia ellos. Esa maravillosa experiencia, después de superar el dolor de la pérdida, les acompañará para siempre.

La sexta lección es muy dolorosa porque deja ver lo poco que se valora la vida humana. Cada vida es un don porque repercute en toda la humanidad y eso se ha olvidado y, como consecuencia de hablar tanto de control natal, de aborto, de eugenesia, de eutanasia, se ha endurecido el corazón. Una vida más o una vida menos, qué más da.

La séptima lección es muy esperanzadora. También ha quedado muy claro que existe la solidaridad cercana y extraterritorial. Varias naciones ofrecieron servicios hospitalarios para continuar con el tratamiento de Alfie, e Italia aseguró aún más la acogida, que ya no pudo darse, con la concesión de la nacionalidad. Además varios hospitales mostraron su convicción de respetar la vida humana y el derecho de los padres.

La octava lección nos interpela: ¿yo que papel tomé?

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