Navidad y felicidad

La Navidad se ha vuelto una fecha tan universal que es celebrada incluso en culturas muy diferentes a la cristiana. En Japón, en la India, y en otros países donde la comunidad cristiana es minoría, la población celebra la fecha. Hace poco leía un artículo de un musulmán canadiense que empezó a celebrar la Navidad casi clandestinamente y ahora de manera abierta tiene árbol navideño, luces, regalos y festejos. A su celebración le ha llamado el “Ramadán navideño”.

Esto, en parte, ha llevado a una especie de laicización de la Navidad, a no mencionar la raigambre cristiana de lo que celebramos. Y se ve, por supuesto, en la publicidad, en los medios, en la música y las tarjetas navideñas. Por ejemplo, en canciones muy tradicionales como “la Blanca Navidad”, “Feliz Navidad” y hasta la de “Amarga Navidad” que no mencionan el hecho central de nuestra fiesta: la llegada de nuestro Rey hecho niño para salvarnos. Y no hablemos del lenguaje “políticamente correcto” según el cual no hay que hablar de Navidad sino desearse “Felices Fiestas” o, como, en algunas felicitaciones corporativas, enviar a los clientes y amigos “Saludos de la temporada”.

A mi me parece notable como muchos que no creen en Jesús sienten alegría en estas fechas y celebran lo que no conocen aún. Es como si se repitiera el dicho de Jesús, en otro contexto: “Si estos callaran, hasta las piedras gritarían”.

Me preocupa más que muchos, que sí sabemos el sentido de la Navidad, nos quedemos en la alegría de corto plazo. Y no es que esto sea malo: hay muchos modos de tener alegría. Cosas como las celebraciones, la comida de esta época, los cantos y los regalos son importantes, pero no son lo profundo. Si nos entristecen las deficiencias en la cena, la escasez de regalos o no haber sido invitados a tal o cual posada, estamos en ese nivel.

Un nivel más profundo es donde nuestra felicidad viene de reforzar y celebrar la presencia de parientes y amigos, de los que más nos importan y a quienes les deseamos todo bien. También hay felicidad en recordar otros momentos en pasadas Navidades, gratos recuerdos que nos hacen revivir esa felicidad. Pero también puede ser que nos entristezcan algunas ausencias, algunos malos ratos (o malos tratos), algunas relaciones rotas.

Pero hay una felicidad mucho más duradera. La que viene de nuestra fe: la certeza de que Dios nos quiere tanto como para entregar a su Hijo y hacer con ello que seamos felices para siempre. Una felicidad de largo plazo, tan largo como una eternidad. A todos les deseo esa felicidad que no se acaba. También a los que no creen en ella. Y a todos les deseo también los otros tipos de felicidad. Porque la voluntad de Nuestro Señor es que seamos felices para siempre.

@mazapereda

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