Mártires a la vera de las elecciones, la verdadera influencia rusa

Pensar que las campañas electorales oficiales empezarán hasta el Viernes Santo y aún no llegamos ni al Miércoles de Ceniza; prácticamente están listos casi todos los personajes y ya están puestos en el escenario. Cada partido, cada alianza y cada cuarto de guerra ya ha colocado sus piezas sobre el tablero y no hace falta, sino que los estrategas hagan uso de sus más creativas artimañas (o las copien de otros países) para llegar a los momentos claves.

Al final, sólo uno es el que alcanzará la mayoría de las preferencias, pero -diría el político norteamericano Thomas B. Reed- muchos mártires han sido quemados en la hoguera mientras se contaban los votos.

¿Quiénes serán esas víctimas de nuestro proceso electoral en marcha? ¿Qué familias y comunidades permanecen a la vera del camino mientras partidos y coaliciones se preocupan en fortificar las estructuras de campaña y control electoral (que son el verdadero nombre de estas elecciones)?

Pongamos un ejemplo: Más allá de los conflictos políticos en Chiapas (de control en las estructuras de poder partidistas) que los analistas políticos están colocando como el tema más urgente por atender en esta entidad del sureste. Los conflictos entre localidades, las tensiones sociales que han generado las disputas históricas por la tierra, por las diferencias culturales y hasta religiosas, no pueden alcanzar la paz a pesar de los muchos esfuerzos que imprimen organizaciones sociales.

El conflicto entre los municipios de Chalchihuitán y Chenalhó -añejado por casi medio siglo- y resuelto en el papel el pasado diciembre; parece que no evitará los efectos de nuevos desplazamientos de más de miles de familias indígenas que estarán a merced ahora de grupos armados y el crimen organizado.

El 3 de enero, el obispo Rodrigo Aguilar Martínez, tomó posesión de la diócesis de San Cristóbal de las Casas y, congruente con su primer mensaje, nuevamente llamó a “superar rencores” y a “reconocer la propia responsabilidad por los agravios que cometidos”. El obispo declaró: “La rigidez en la postura, encubre la verdad. Y cuando la manipulación de información sólo quiere ver que la culpa la tienen los otros, es difícil la reconciliación y la paz duradera”.

El obispo recién avecindado en aquel profundo sureste mexicano pidió “escuchar con humildad porque el proceso no es ver quién gana o pierde, sino saber crecer ambas partes para que crezcamos todos”. Pero Aguilar Martínez no declaró esto desde la comodidad de su escritorio: el sábado 13 de enero visitó la comunidad de San Pablo Chalchihuitán, de la región tsotsil de Chiapas. La relación de su viaje guarda la historia como lo hubiera hecho su ancestral predecesor Fray Bartolomé de las Casas: “Recorrer el estado de Chiapas es una delicia y una fatiga. Delicia por su paisaje, de verdor constante, de montañas y hondonadas, de carreteras y caminos serpenteantes. Es fatiga por los frecuentes topes y baches, además de los bloqueos que obligan a esperar a veces largo tiempo o a buscar rodeos para poder avanzar. De todo esto hubo en el recorrido para llegar a la comunidad de Chalchihuitán […] me dolía saber que una parte de la población seguía en el cerro, desplazados fuera de sus casas y anhelaba encontrarme con ellos. Luego de un sabroso desayuno, partimos a uno de los campamentos, el de Pom. Ahí pegaba más el viento frío, pues la reunión era en la cresta del cerro. Varias personas compartieron su dolor y aflicción al tener ya varios meses fuera de casa, con mucha hambre, frío, enfermedad, incertidumbre y cansancio porque no se resuelve el problema […] Yo vi con dolor a muchas personas descalzas, niños y adultos, algunos con ropa muy delgada a pesar del frío. Peor todavía, que están lejos de su casa y descuidando sus campos de trabajo, llenos de tristeza y depresión […] La ayuda asistencialista sigue siendo imperiosa mientras continúen desplazados; pero es necesario destrabar y desarmar los conatos de violencia y muerte, a fin de que puedan regresar a su vida ordinaria de habitación y trabajo. Invito a todos y cada uno a sanar el propio corazón de la prepotencia, el abuso, el rencor, el odio, la venganza. Les invito a vernos y tratarnos como hermanos, a darnos la mano y el corazón, como hacen los tsotsiles”.

El obispo Aguilar cuenta que, saliendo de Chalchihuitán fue a Chenalhó y reflexiona: “El problema no es por cuestión de límites. Es más que eso e intervienen y buscan beneficio personas ajenas a dichos pueblos”.

¿Importará esto a los genios de los cuartos de guerra de los candidatos a puestos de elección popular? ¿Pensarán en la gente a ras de suelo que padece estas injusticias? ¿O les interesará únicamente el control de las estructuras electorales? Si es así, la influencia rusa en el actual proceso electoral es evidente: ¿Qué no fue Stalin quien afirmó aquello de “No importa quién vota, sino quién cuenta los votos”?

@monroyfelipe

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