Salvador I. Reding Vidaña Salvador I. Reding Vidaña

Democracia en gobiernos de minoría

Una característica de las democracias, es que a veces no es la voluntad de la mayoría la que se impone y elige a un partido o individuo que gobierne. Se supone que en la democracia electoral la mayoría decide, frente a los intereses y deseos de las minorías, pero no siempre es así. También se gana con una minoría.
 
La razón es que cuando hay más de dos partidos (o candidatos) en las elecciones, y considerando la abstención (que en sí es una forma de opinar, aunque no sea votar estrictamente), la votación favorece al ganador en menos de la mitad más uno de quienes votan.
 
En muchas ocasiones, habiendo digamos tres candidatos, el ganador llega al poder con un poco más de la tercera parte de los votos reales, ya no digamos de aquellos con derecho a votar que no lo hacen. Una mayoría relativa es minoría.
 
Otro aspecto de la democracia electoral, que mucho se ha mencionado, es la llamada "partidocracia", es decir la elección hecha por los partidos. La ciudadanía finalmente sólo puede votar por candidatos en cuya elección no tiene mucho (o nada) que hacer. Una minoría interna decide candidaturas.
 
Aún dentro de los partidos, para ser candidato se requieren condiciones que reducen al mínimo las posibilidades de la abrumadora mayoría de la base partidaria: solamente unos cuantos pueden ser candidatos.
 
La abstención electoral tiene muchas razones, desde la simple negligencia, la indiferencia, el derrotismo de que "nada sirve" o "todos son iguales", hasta la de quienes se abstienen como voto de castigo o de negación a todos los candidatos: "no me gusta ninguno". Ignorar las consecuencias de la abstención es un error.
 
Si un partido gana una elección, aún con mayoría absoluta de votos (más del cincuenta por ciento), digamos con el 53%, pero el porcentaje de abstención fue, digamos también de 44%, eso significa que el ganador obtuvo solamente el treinta por ciento de la voluntad ciudadana, haya votado o no. Gobierna con menos de la tercera parte de la voluntad popular, manifestada en votos o no.
 
Muchas veces, gobernantes repudiados por su pueblo (individuos o partidos) alegan haber sido electos por la mayoría, y que si la voluntad mayoritaria de la ciudadanía les dio el poder, es porque aceptaron su propuesta de gobierno, su plataforma electoral y su ideología, arrogándose así una especie de patente de corso para hacer lo que les venga en gana. Aquí es donde la votación real sobre el padrón electoral es muy importante: la pregunta es si realmente la elección fue mayoritaria absoluta o lo es sólo en proporción menor, que tiende a ser el caso.
 
Quienes por ejemplo defendieron el gobierno chileno de Salvador Allende, incluida su administración misma, siempre alegaron que era un gobierno electo por la mayoría, lo cual era falso. Solamente una parte de los votos les dio el triunfo, pero esa parte era menor si se consideraban los ciudadanos que se negaron a votar. La abstención en esa votación fue muy grande. Esto es diferente de la legitimidad de su asunción al poder, que fue indiscutible.
 
Para efectos de gobernabilidad, sabemos cómo se resuelve el caso: se hacen coaliciones y consensos entre partidos. En el caso legislativo, estas prácticas son normales, cuando nadie tiene la mayoría absoluta de votos. Si todos (o casi todos) los dirigentes políticos de un país tienen buena disposición por la gobernabilidad, las voluntades políticas llegan a converger en el bien del pueblo. Hasta dónde lo logren depende de muchos factores. Se trata de una gobernabilidad consensuada.
 
Una lección de estas reflexiones es que cuando un grupo en el poder, que llegó al mismo por una votación minoritaria de la voluntad del electorado, intenta hacer o hace lo que favorece sus particulares intereses sobre el bien común, las demás fuerzas políticas y la ciudadanía protestan, con toda razón. De nuevo: como la mayoría relativa es realmente una minoría, la solución es: consensos.
 
La ciudadanía tiene derecho a la protesta frente al abuso o distorsión en el ejercicio del poder público, aunque se haya ganado en una elección. Se impone, democráticamente, considerar a las demás minorías en los planes de gobierno.
 
Aquí entra en acción la democracia entendida en un sentido moderno, más amplio que el electoral, en la vida política diaria. La voluntad ciudadana se manifiesta -o debe hacerlo-, a través de múltiples canales: sus partidos políticos, sus legisladores y las organizaciones de la sociedad civil y hasta la manifestación pública inorganizada.
 
Hay formas ya conocidas de participación democrática no-electoral formal, como el referéndum, el plebiscito o la consulta popular, los consejos ciudadanos y otros órganos de consulta de la población. Otro camino es el llamado cabildeo (lobbying) o gestión formal -o hasta informal-, ante quienes toman decisiones de gobierno o legislación. Existe también el recurso de los medios de comunicación, para quienes tienen fuerza para influir en las decisiones de los poderes públicos.
 
Así los ciudadanos, en una democracia por elección minoritaria (en términos de padrón electoral), exigen se respete el bien común y los intereses de toda la población, para gozar de un gobierno democrático en el más amplio sentido. Por su parte las minorías, que sumadas son la mayoría, deben legítimamente demandar la atención a sus voces políticas y ciudadanas a favor del bien común.
 
En gobiernos electos por una mayoría relativa, pequeña frente al total de ciudadanos con derechos a voto, se debe negociar, hacer consensos para alcanzar el bien común de la sociedad electora y sus familias: democracia en acción.
 
 
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