Guadalupe Viurquis González Guadalupe Viurquis González

Recuerda el Miércoles de Ceniza que la vida en la tierra es pasajera

La imposición de las cenizas nos recuerda que la vida en la tierra es apenas un soplo, comparado con la eternidad y que nuestra vida definitiva se encuentra en el cielo.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas son “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”, “arrepiéntete y cree en el evangelio”.

Origen de la costumbre: 

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de cenizas cuando hacían algún sacrificio y los habitantes de la ciudad de Nínive, ante la predicación de Jonás también usaron la ceniza como signo del deseo de conversión de su mala vida, a una vida con Dios.
 
En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el sacramento de la reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.
En el año 384 d. C., la cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia Católica acostumbraba poner cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.
 
Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. Esto nos hace reflexionar que los momentos de gloria en la tierra, pronto se reducen a nada.
 
También fue usado el periodo de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.
La imposición de cenizas es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.
 
Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que atesoremos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos acompañará aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.
 
Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer recobrar nuestra amistad con Dios.
 
Que nuestra conversión no sea sólo por pequeños periodos, sino que sea un proceso que nos lleve toda la vida: Siempre hay algo de que convertirnos.

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