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Cine: Coco, frondoso sincretismo cultural

No es un secreto, la muerte en México transita entre la festividad y tragedia, existe igual en el jolgorio burlón que en el dolor melodramático. Hacer una historia donde la muerte alcance esos rangos de personalidad no es cosa sencilla y, sin embargo, el trabajo que la casa Disney/Pixar realizó en Coco (2017) bajo el comando de Lee Unrik (quien también escribió y dirigió Toy Story 3) es precisamente aquello: un gran escenario donde los imposibles tienen parentesco con la cultura mexicana.

Coco relata la historia del niño Miguel y de su familia en un ‘día de muertos’. Son una familia mexicana de un pueblo bello y pintoresco; la abuela es la cabeza de una gran familia ampliada, conduce y cuida a todos los miembros bajo la norma que su madre y la madre de su madre le dejó. Reglas que Miguel está a punto de romper y, con ello desatar una insólita experiencia.

Miguel y su familia contemplan y respetan sus tradiciones como el altar moral de su identidad, pero en el fondo son tradiciones que no detienen sus pasiones individuales; todo lo contrario, las alimentan o las encausan. Si la tradición logró normalizar una terrible prohibición en la familia fue gracias al oscuro poder que ejercen el despecho y el rencor mezclados con protección y cariño; y, al mismo tiempo, es la tradición lo que alimenta la rabiosa búsqueda de Miguel y su insurrección ante lo establecido.

En algún momento, todo en Coco nos parece el recuerdo de algo difuso. Quizá el espectador mexicano promedio termina de mirar esta emotiva película y comienza una involuntaria introspección memorial de su propia experiencia, ya sea con la muerte de sus seres queridos o sobre la estridente piel de su amada cultura mexicana. Ahí están los signos, sus elementos y sus construcciones simbólicas: la cultura y la familia mexicana en una estampa poliédrica, simultánea, sincrética y ligeramente absurda pero encantadora, vibrante, festiva y orgullosa.

Coco es un frondoso árbol de sincretismo cultural mexicano. Ya muchos han hablado de los lugares, los objetos, los personajes, los ritmos y las esencias que encuentran en el filme y que evocan diferentes experiencias de la mexicanidad; destaco, sin embargo, la sensibilidad de esta película extranjera con los perfiles culturales icónicos que han recogido las letras y la literatura mexicana.

Fieles a disimular las profundas tensiones religiosas que subyacen en las culturas del mundo, el equipo de Disney/Pixar resguarda cauteloso su melodrama bajo la premisa que ofrece el refrán mexicano: “Los muertos se van cuando el olvido los sepulta”. Y sin pudor hace convivir en el más allá a mártires y a asesinos, a arrepentidos y a irredentos; mientras, cual moneda de cambio, el recuerdo de los vivos es la riqueza que construye las clases sociales y levanta los muros de exclusión en el mundo de los muertos.

Es imposible no sentir piedad por esos miserables, los muertos melancólicos que añoran que sus seres queridos no los olviden del todo; sentir compasión por esos quienes podrían rezar como Manuel Acuña: “A veces pienso en darte mi eterna despedida, borrarte en mis recuerdos y hundirte en mi pasión” o como lo haría Amado Nervo: “Faro de mi devoción, perenne cual mi aflicción es tu memoria bendita. ¡Dulce y santa lamparita dentro de mi corazón!”.

Para aquellos muertos, los del fondo de la poza, los descartados de la memoria de los vivos su única esperanza para levantar ese puente entre el mundo de los vivos y de los muertos es la que Xavier Villaurrutia descubre en su poema: “Amar es una angustia, una pregunta… Amar es reconstruir, cuando te alejas”.

Octavio Paz apuntó que cuando una civilización niega a la muerte acaba por negar a la vida; y Coco es la excusa perfecta para reencontrar esos matices culturales que la mexicanidad guarda sobre la vida y la muerte. No sólo en la bravuconería de burlar a la muerte o de vestirse superficialmente de ella durante la fiesta y la alegría, sino de comprenderla como quien habita siempre la sublime trascendencia. No es casualidad que José Gorostiza en su titánico poema ´Muerte sin fin’ expresara: “En la médula de esta alegría, no ocurre nada, no; sólo un cándido sueño que recorre las estaciones todas de su ruta; tan amorosamente, que no elude seguirla a sus infiernos”.

@monroyfelipe

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